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 El Reino perdido de los Elfos --- Capítulo 1. Promesa Rota

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MensajeTema: El Reino perdido de los Elfos --- Capítulo 1. Promesa Rota   Miér Dic 16, 2009 1:50 pm

Clasificacion B15.

Resumen: Layla, del pueblo de Elvin, se adentra en el Bosque Oscuro para encontrar una ciudad oculta en su interior.



Como casi todos los días, la mañana era soleada y algo ventosa. El silencio reinaba en todo el pueblo, aún era demasiado temprano para las actividades diarias.

Las montañas y los bosques rodeaban Elvin, aquel pequeño y pacífico pueblo de unos 500 habitantes. Tras las escarpadas montañas del Norte se encontraba la residencia habitual del rey de Elvin, un palacete de mármol lleno de lujos en los que habitaba el monarca con su séquito de cortesanos. Rara vez aparecía por la aldea salvo en época de cobro, por lo que el pueblo empezaba a resplandecer días antes para prepararse para su llegada.

En Elvin convivían dos clases de construcciones: los edificios de piedra de dos plantas y las casas de madera de planta baja, éstas se amontonaban a las afueras, cerca de los bosques, comunicadas entre sí por caminos de tierra; mientras que las casas de piedra se encontraban en el núcleo central del pueblo, entre calles empedradas y los puestos del mercado.

Había muchas leyendas que giraban en torno a uno de los bosques que rodeaban Elvin. Lo llamaban el Bosque Oscuro. El por qué de ese nombre era un misterio. Los habitantes de Elvin lo conocían así desde siempre, jamás se habían preguntado por el significado original. Lo que ahora sabían y era su significado actual, era por la frondosidad del bosque que impedía que entraran los rayos del sol. También estaba prohibido adentrarse en él a raiz de la desaparición de un par de habitantes de Elvin, que se habían adentrado en busca de unas hierbas y que nunca salieron del Bosque Oscuro.

Todo el pueblo mantenía la promesa de no pisar aquel bosque. Había muchos más bosques en los que ir a pasear y que no tenían aquel aspecto tenebroso.

Pero la joven Layla estaba en el camino que llevaba a susodicho lugar, sumida en sus pensamientos y con la vista clavada en los enormes y frondosos árboles que se veían desde su posición actual.

Había oído rumores en la taberna en la que trabajaba ayudando a su familia, propietaria de Las 4 Rosas, el único hospedaje de Elvin, y el lugar idóneo para enterarse de lo que pasaba fuera del pueblo y los rumores que circulaban por el país.

Y allí se había enterado del último rumor de la Corte. La mayor parte del pueblo lo tomó como una broma, habitual del Rey, pero otros, una minoría, comenzó a planear una batida en el Bosque Oscuro.

- Layla, ya deberías saber que tu Rey gasta ese tipo de bromas de vez en cuando para aliviar la monotonía de la Corte – la madre de la joven la observaba preocupada.

Esa misma mañana, Layla le había dicho a su madre que se iba a apuntar a la batida.

Como cualquier habitante de Elvin, Layla era ducha en el manejo del arco y se las apañaba bastante bien con la espada corta. En Elvin no había distinciones entre hombres y mujeres, todos debían saber defenderse de los peligros de los bosques y las montañas.

- Por el amor de los dioses, Layla, ¿has visto alguna vez a uno de esos seres? Son un mito. Nadie, jamás, ha visto a ninguno.

- En la Corte dicen que hay un pueblo entero escondido en el bosque.

- ¿Me estás escuchando, layla? – su madre se impacientaba ante la pasividad de la chica.

- Sí, madre, pero…

- Te prohibo ir al Bosque Oscuro. No participarás en la batida. Los elfos no existen, ¿me has oído? Dos buenas personas jamás regresaron de su incursión. No me arriesgaré a que sufras la misma suerte.

- Madre, la gente de la batida se está preparando a conciencia…

- Tú no irás, Layla. Prométeme que te mantendrás alejada de ese bosque maldito.

- …

- ¡Prométemelo!

- Sí, madre, lo prometo.

- Bien. Tenemos trabajo que hacer – y se alejó de su hija para atender a unos clientes que acababan de entrar por la puerta.

Layla se mantuvo el resto del día pendiente de todas las conversaciones por si llegaba la noticia de que el Rey había confesado la broma, pero no hubo suerte.

De lo que sí se enteró fue de la fecha de la incursión al Bosque Oscuro. En una semana, una partida de hombres y mujeres entrarían en susodicho lugar bien armados y con antorchas para dar caza a esos elfos, que supuestamente habitaban en las profundidades del bosque. Tenían pensado capturarlos y venderlos como esclavos en la ciudad vecina, en la que desde hacía unos años prosperaba ese tipo de negocio. Uno de los capturados sería entregado al Rey como regalo, ya que todos sabían que éste era aficcionado a coleccionar objetos y animales extraños.

Layla estaba decepcionada con su madre. Estaba deseando entrar con los demás en el bosque y ver con sus propios ojos aquella ciudad oculta. Un sexto sentido le decía que aquello no era una broma del Rey. Los elfos existían de verdad, y ella estaba dispuesta a mostrarlos al mundo.

De camino a casa, ella vivía en una de las casas pequeñas de planta baja, una idea comezó a formarse en su cabeza. Había prometido a su madre que no iría con la batida, y cumpliría esa promesa, pero… ¿quién decía que no podía ir sola en busca de aquella ciudad? Sólo tenía que proveerse bien de alimentos y ropas adecuadas para adentrarse en el bosque. No le temía al bosque a pesar de su aspecto fantasmagórico y ya había decidido ir a pesar de saber de la negativa de su madre y seguramente del resto de su familia.

Esa misma mañana habían llegado unos viajeros a Las 4 Rosas, y a pesar de que tenían un montón de trabajo, su madre la había mandado para casa a primera hora de la tarde. Layla sabía por qué lo había hecho. No quería que indigase más entre los clientes de la taberna, sabiendo que allí era el lugar indicado para hacerlo. Y aunque le había sentado fatal que la echara de allí, en aquel momento, con la idea fresca en la cabeza, estaba excitada con la idea de preparar todo para su aventura.

Ni una hora había tardado Layla en regresar al pueblo. Se dirigió directamente al mercado de Elvin para aprovisionarse con algo de comida, no sabía cuánto tiempo tardaría en encontrar aquella ciudad. Saludó a todo el mundo como hacía habitualmente, no quería que nadie se enterara de lo que planeaba.

Estaba a punto de anochecer y su familia (sus padres y hermanos) aún no habían regresado de Las 4 Rosas. No estaba segura de si todos irían a casa ya que el hospedaje estaba casi lleno y no podían dejarlo sin nadie. Así que por temor a que alguno de ellos regresara antes de tiempo y la pillaran in fraganti, se apresuró a cambiarse de ropa y a preparar su petate con una muda y comida.

Se había deshecho del vestido que habitualmente llevaba y había conseguido mediante algún que otro soborno unos pantalones, una camisa y una chaqueta de hombre. Sabía por experiencia que viajar con vestido a través del bosque era realmente molesto.
Con la espada en la cadera, el petate al hombro, el carcaj con flechas a la espalda y un pequeño arco en la mano, se dirigió a la puerta de la casa para emprender su viaje.

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