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 Arabian Bloody Nights- Crónicas Vampíricas.

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EgyptDiva



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MensajeTema: Arabian Bloody Nights- Crónicas Vampíricas.   Sáb Nov 01, 2008 12:00 pm

Introduccion.

"Creen que soy un castigo de Allah. Una maldiciòn. Creen que por no seguir los preceptos del Ramadàn como debieran, es que Allah les ha mandado esto.

"Es lo ùnico que tengo para vivir. Yo soy el ùnico castigado, o bendecido, no lo sè, Allah actùa de maneras que los mortales no entendemos. Muchas veces los pobres mendigos embebidos como si estuviesen en un poema de Omar Khayam son mis vìctimas.

" Las noches màs hermosas de toda Asia Menor las he visto en Damasco, en Istanbul y en Basora, que ya no existe. Sin contar las de Bagdad, donde vivìa como un sheick hasta que los mongoles destruyeron toda la belleza de los seguidores de Mahoma, y cubrieron de sangre los versos y los estudios, y la poesìa.
"Yo soy el castigo de Allah, el ifrit del que han hablado los pobladores del desierto desde que tienen capacidad de inventar. Soy un ifrit, un demonio.
"Dicen que los ifrits tienen la capacidad de amar y de ser amados. Siempre mueren en los cuentos. Paradòjico, yo sigo vivo a pesar del fuego y de otras criaturas que poseen creencias infieles a su propia belleza. Creer en el Coràn es creer en la belleza, asì mis pobres compatriotas mortales se hayan negado a la vida por contrariarme.
"Soy el castigo de Allah hecho demonio. Un castigo que da placeres y que recibe bendiciones a cambio de sangre. Bendiciones y maldiciones. Mektub, digo, mektub. Estaba escrito por Allah desde el comienzo del mundo.

"Mi nombre mortal, cuando nacì bajo los Abasìes ya hace muchos siglos, es Musharraf Ibn Al Yousif Alami, o Musharraf, como me conocen los de mi especie. Màs que ser una de esas refinadas sanguijuelas europeas, soy un guerrero. Cuando era un joven mortal fuì guerrero mujaidin, y por convicciòn mas que por diversiòn servì a Saladino, el mejor mortal que he conocido. A pesar de que son polvo, aùn tengo lo que creo.

"Màs làgrimas que sonrisas han aparecido en mi vida inmortal. Como una serpiente que muerde en el carcañal, la vida me ha atacado con sus sinsabores, pero como un camello que se protege de la tormenta de arena, he sobrevivido. Y me he alegrado con el vino algunas veces. Vino de amor, sabidurìa y pasiòn.

"Nacì en Bagdad hace mucho tiempo. Hoy serìa un peligro pùblico, entre los mortales. Un iraquì. Pero casi nadie nota esto. La mayorìa de los que me conocen creen que vengo de Turquìa, por mis ojos color esmeralda y mi altura. Tengo la piel cetrina, porque cuando joven en campaña me expuse en el desierto, matando infieles en las primeras invasiones a España. Antes yo serìa como un egipcio, blanco y de cabello negro, pero el sol hizo que mi cabello se quedase castaño claro, y mi piel del color del bronce. Soy un iraquì dueño de muchas cosas en Medio Oriente. Pero prefiero la humildad a la riqueza. Por eso preferìa ir a caminar por el Tigris antes de continuar mucho tiempo en las fiestas de los visires.

"Soy un castigo de Allah. Soy el demonio de la muerte que Allah ha mandado para hacer justicia, a cambio de su propia vida. Y esto lo digo mientras la sangre de otro me alimenta y corre por mis mismas venas, y me hace sentir como un siervo simple. Asì creo que nacì para ser amado. Los ojos de Haifa detràs de su chador me lo dijeron alguna vez. Sus bellos ojos que se quedaban inmoviles mientras ella dominaba a la darbuka con la sensualidad de su cuerpo, que ondulaba como una faluka en aquellas noches de fiesta donde Harun al Rashid.

"Y el laud se pierde en mis sentidos y oìdos, y no oigo màs el derbake. El corazòn de mi vìctima es un derbake que ha dejado de sonar. Es una fiesta que se ha acabado para continuar con la mìa propia. Las bailarinas salen y yo cierro los ojos lentamente en mis almohadones.

"Un ifrit es amado en los cuentos, pero no es inmortal. Nunca uno viò las noches de Damasco y Basora como yo las vì. Nunca uno supo de donde salieron las viejas historias, a cambio de su propia sangre. Soy Musharraf, el vampiro, un castigo de Allah que ha visto màs de mil y una noches, que aùn quiere recordar.
Esta es mi historia. ... "
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MensajeTema: Capt 1   Sáb Nov 01, 2008 12:02 pm

Capt 1

El mujaidin y su esclava.

O asi lo llamaban algunos ancianos. Lo vi en mis sueños. Porque de nuevo soñé con ella . Ella , la Reina de los Condenados. Ella , viva, engañando a esos mortales que la imaginan en su lecho. Ella bailando con un sable y un cinturón de monedas, como la diosa que siempre fue. Ella, con su ambigua mirada, incitandome a ser otra vez su eterno esclavo.... ella... de nuevo...
No lo comenté con nadie. Me creerian loco, o tal vez se burlarian socarronamente de mi diciendo "El vampiro Lestat por fin ha sucumbido a sus estúpidos recuerdos...". Bastante tenia con toda la bondad que apestaban hipócritamente como para ponerme ahora a contarles algo como aquello.

Sucedió durante 3 noches. Su cabello y sus negros ojos. Ella llamándome. Vagaba como desesperado en Los Ángeles, mirando esas bellas y casi niñas prostitutas que me ofrecian sus deliciosos muslos en las glamurosas y oscuras avenidas de Beverly Hills. Y de pronto lo oí

" Saalam aleikum, pequeño principe malcriado... por fin te veo de cerca.."

Una voz masculina, cálida, melodiosa, burlona. No era de un joven. Parecía de un hombre maduro. Por mas que intenté buscar su origen, no di con su portador.

"¿Que deseas?"

"Lo importante es lo que tu desees ver, mi querido sadik... y veo que es lo que todos ven... desde mortales hasta ancianos del comienzo del mundo...."

Unos ojos verdes, profundos, intensos. Unas cejas de color oscuro. Una sonrisa franca, pequeños colmillos burlones.

"Eres tu el que me ha mandado estos sueños..."

Su respuesta me desconcertó.

"Eres tu el que sigue en sus recuerdos, sadik. Eres tu el que no se ha dado cuenta de nada.."

"¿Es decir?..."

"Nefertiti"

Estuve casi 6 semanas tratando, mas por pura diversion que por conviccion y un poco al revés, de encontrar, como vil personaje de novela de enigmas, la clave. Una divertida noche, cuando ya me habia casi dado por vencido, en Brodway iba caminando al lado de Louis y David. Su sonrisa al leer una marquesina me indicó que el sabía desde hace mucho algo que yo no.
-¿De que te ries?- le pregunté tratando de adivinar sus motivos.
-Es ella otra vez. La última vez que la vi como mortal fue hace unos 35 años, en un viaje que hicimos mi padre y yo a El Cairo. Esa noche fue la primera vez que vi una diosa de verdad en mi vida. Bailaba con una malla de oro.
-No te entiendo.
-Mira el cartel- me dijo Louis.
Era ella. Era mi Reina. Era mi hermosa ilusión muerta. Era mi Reina vestida de Reina. Vestía la corona de la faraona, y un traje de lino con dos alas de Isis en el mismo material. Y arriba decia solo una palabra: "Haifa".
David seguía con su sonrisa de satisfacción, y estaba a punto de exasperarme. Lo peor es que el lo sabía.
-Cuentame algo que deba saber.
-Si pagamos las entradas- me respondió cinicamente, mientras yo accedia cegado de emoción, escuchando una risita burlona de Louis. Los mortales estaban mucho o igual de emocionados que yo.
-¿Y bien?- le pregunté a David con un gesto que exigía que cumpliese su parte del trato.
-Es bailarina, la mejor de El Cairo y del mundo, creo yo.
-Y sigue así de joven- repliqué exigiendo mas "especificidad".
-Es mas vieja que tu.
-Continúa.
-No querrás enamorarte de ella, ¿si?- me dijo el con su indiferencia inglesa. Su compañero es uno de los mas poderosos. Es temido y respetado incluso hasta por Maharet.
-¿Porqué diablos querría el mandarme imagenes para provocarme?
-¿No entiendes?- me preguntó incredulo. -Tu las haz provocado por tu subconsciente. El simplemente quiere probarte. Digamos que es su manera de relacionarse.
-Vaya tonterías de Ancianos- dije yo con un dejo de fastidio.

Me alegré de haberme equivocado. De repente, y recordándome mis épocas de estrella de rock, todo se oscureció, y comenzó a salir humo. Comenzó a sonar una flauta oriental. Una luz roja, y una bailarina tocando unos chinchines, vestida con lino. Una luz azul, y otra bailarina completando la secuencia. Mi corazón comenzó a acelerarse. La darbuka comenzó a retumbar en mis oidos ultrasensibles como si quisiera llevarme a un estado de desenfreno total. La darbuka dirigía a los chinchines. 5 golpes, y un par de la darbuka bastaban para que yo quisiera irme de allí, pero a la vez seguir sentado.

Dum tak tak dum tak tak, dum tak tak dum tak tak, y seguía y seguía hasta el infinito, hasta enloquecerme. Sonó un grito tribal. Todas las luces se convirtieron en una orgía multicolor y las bailarinas, todas hermosísimas, comenzaron a avanzar con su cadera y los chinchines, como sonrientes muñecas de cera con brazos de cobra. Y entonces, los mortales comenzaron a aplaudir. Las luces se dirigieron hacia un hombre que estaba vestido de blanco, con la corona de un faraón tocando esa darbuka, que estaba ahi sencillamente para provocar a una persona, a alguien que no era humano. A mi. Mi instinto termino de volverme loco ante la revelación. Los mismos ojos verdes delineados de negro. Mi misma sonrisa burlona. Una nariz parecida a la de Marius. Una barba casi afeitada, que solo crecía al ras del mentón. Cabello oscuro y rizado, hasta los hombros. Una sonrisa burlona identica a la mia. Desafiante. El me miraba a mi y me retaba con toda su madurez espléndida de inmortal.

Pero antes de que yo le pudiese decir algo, el se fue yendo con su harén de mortales. Las luces cambiaron a verde y a azul. Una figura muy alta , envuelta en dos velos blancos se acercaba hacia el público. Los mortales y David aplaudían efusivamente.
-Ahí tienes- me dijo David complacido. -Haifa Alami en todo su esplendor.
Yo seguía sin comprender hasta que la mujer se descubrió. Lanzé una exclamación de sorpresa y de horror. Era como si Akasha estuviese ahí de nuevo vestida de Nefertiti. Esos ojos negros profundos y rasgados, esa boca roja y sensual, ese rostro de porcelana. Pero esta nueva Akasha era mas pura que la otra. Solo me recordó a su antecesora cuando comenzó a girar y a girar con sus velos y a mirar a todos con pasión inmovil. Sus ojos nos hacian creer a mortales e inmortales que efectivamente, ella si era una Reina. Sus caderas iban a un ritmo endiablado, y sus brazos parecían de cisne. Era realmente elegante y el velo parecia aire junto a ella, como si la siguiera en sus movimientos y ella pudiese moldearlo con sus largos y blancos brazos llenos de brazaletes.

Ella giraba y giraba, y el velo caía, se doblaba, se invertía. El feliz trance de los recuerdos y las visiones. Y sus ojos, siempre insinuantes, siempre enigmáticos y profundos, tal y como los del inmortal de la darbuka. Seguí drogado hasta que escuché los aplausos, y ella se retiró. Fui sin decirle a nadie a los camerinos. Dos sirvientes mortales que el controlaba mentalmente desde adentro, me impidieron el paso.
-Si es para entregarle algo a madame Alami, con gusto se lo entregaremos. Ahora ella se cambia para su saidi con sable, señor- me dijo uno de rostro bronceado y cabello negro. Egipcio, de seguro.
-¿Quien era el hombre de la darbuka?- pregunté indiferente a su sarcasmo.
Los dos egipcios se rieron.
-¿Acaso no sabe usted nada? El es el dueño de todo esto. El es el marido de nuestra estrella, señor. Si, en Oriente sigue existiendo el matrimonio...- me contestó el mas joven punzantemente.
Oí una orden en árabe desde adentro. El otro criado entró, y salió con una nota.
-El señor Alami le entrega personalmente esto a usted. Y de paso le pedimos disculpas por nuestra impertinente actitud- dijo agachando la cabeza. El otro lo siguió a duras penas.
-¿Y entonces?- dije yo celebrando mi pequeña victoria.
- Dijo que accedería a todas sus peticiones si usted accedía a no insistir por ahora, señor.

Extrañamente, obedecí. Aquel sujeto me había inspirado respeto, y algo que yo experimentaba con poquísimas personas: intimidación, reverencia. Ya en nuestro apartamento del Upper Side, en la mesa de nuestro inutil y vanguardista comedor, abrí la nota.

" Espero te haya gustado nuestro espectáculo. Si quieres seguir viendonos hacer nuestro propio Teatro de Vampiros danzante, te invito a mi mansión de El Cairo. Allí te atenderé tal y como lo exigen nuestras leyes, mas viejas incluso que yo. Podrás tambien saber porqué soñabas tanto con Haifa, quien por supuesto, y lo vi en tus ojos, estaba maravillosa.

Dar es Saalam, sadiki.

Musharraf ibn al Yousuf Alami.

Posdata: Haifa le ha mandado a tu amigo un autógrafo y agradece su lealtad y devoción hacia su arte. Palabras de ella."

Ese era su nombre, Musharraf. Un nombre que no había oído nunca, pero que era un secreto a voces en el mundo vampírico. Ese era el gran vampiro de Oriente, todo lo contrario a Arjún. Lo único que tenían en común era su apegada aficción hacia las costumbres de sus lugares de origen. Y era un poco parecido a Marius en su modo de usar las palabras.

CONTINUARÁ...
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MensajeTema: Capítulo uno, parte dos   Sáb Nov 01, 2008 12:02 pm

Capt uno, parte dos.

En tres semanas ya estaba soportando el duro calor de una ciudad cada vez mas poblada, llena de modernidad, miseria, olor a quibbe o falafel, a camellos, a autos, a almizcle, a luces de neón, a lujo. Las pirámides eran un espectro a lo lejos. Apenas llegúe a la mansión, digna de un antiguo Califa, los mismos sirvientes me condujeron hacia adentro. Varias mesas donde reconocí a ricos mortales y a varios inmortales conocidos. Marius, mi maestro, vestido con una túnica hindú roja, me saludó afectuosamente. A su lado, preciosísima, estaba Pandora, tambien con un traje oriental.
-Creí que no te vería- me dijo al verme mi mentor.
-Lo mismo digo- le respondí sorprendido. - ¿Qué haces aquí?
-Visitando a un viejo amigo- me respondió risueño.
Se encontraban Armand y Daniel , juntos, los dos en otra mesa, y vi en sus pensamientos que tenían bastante curiosidad por aquella Reina del Nilo. Lo mismo pude ver en las mentes de personas como Mael y Maharet, aunque esta última y Khayman, que se encontraban en la misma mesa con Jesse, estaban mas por Musharraf que por su bailarina.

Me extrañé de ver a Gabrielle, que parecía ataviada como una sultana de las Mil y una Noches. Se había puesto extrañamente femenina.
-Madre...- le susurré desconcertado luego de darle un beso de sangre. - ¿Que...?
Ella me sonrió misteriosamente.
-No estuve todo el tiempo sola- fue su única respuesta.
En mi nuca sentí dos agudas miradas. En una mesa estaba una esplendida pareja de inmortales asiáticos, jóvenes a la hora de su muerte, con sus negros cabellos relucientes. El hombre tenía una cínica y poderosa mirada. Era demasiado bello. Sus rasgados ojos armonizaban con sus finas facciones. Su negra melena asimétrica le daba un aire andrógino, y su camisa de cuello oriental blanca me dieron a entender de que era un japonés. Su compañera era china, sin duda por su vestido tradicional de seda rojo y su peinado de moño cebolla. Su agudo rostro blanco era de una niña enojada. Sus rojos labios invitaban a ser besados. Ellos se levantaron apenas me vieron. Hicieron dos reverencias. El japonés seguía con su sonrisa burlona, ya mas atenuada por la cortesía.
-Kenji Sagawara- dijo con una reverencia. - Edad, 895 años, ocupaciónes anteriores, samurai sanguinario, ocupacion actual, vampiro samurai asesino sanguinario...
Pronto entendí su sentido del humor. Lancé una carcajada. El hizo lo mismo.
-Ya sé la tuya, no te preocupes. Lelio y estrella de rock- me susurró suavemente. Ella es mi creación.
-Síguelo creyendo- le respondió la hermosa mujer china en mandarín. Hizo una reverencia.
-Mi creador es un tonto, por eso nos separamos. No lo he matado porque no le gano con la espada- me dijo sonriente. Recorrió con sus largos dedos y sus uñas pintadas de rojo mi pecho.
-Conque tu eres Lestat de Lioncourt.. que placer conocerte por fin...- me dijo insinuante. -Mi nombre es mas corto... es Yue Lie... y tengo solo 700 años...- musitó risueña. Yo estaba turbado. Esa mujer realmente sabia lo que quería, aun siendo inmortal.
-Soy amiga de Musharraf y de su esclava..- continuó. Pero el japonés hizo mala cara.
-No tanto como tu lo eres de tu amor propio- sentenció molesto. - Cualquier cosa que necesites, aquí estoy- me dijo a mi por cortesía. Pero pronto lo vi unirse a la mesa de Armand y Daniel.

- Los libros dicen muchas cosas...- dijo la china, que se sentó burlona al lado de su compañero. Raros esos asiaticos,siempre buscando ocultarlo todo con gestos y revelarlo todo con sus ojos.

No le di importancia a eso, y vi como el ud comenzó a sonar. Salió Haifa solo mostrando sus bellos ojos y su mirada como arma de conquista. Luego se desprendió de su velo y comenzó a mover el torso, a ondularlo. Sacó su sable y comenzó a hacerlo girar mientras ella movía sus caderas y su pelvis. Nos sonreía a todos (no sé como diablos no sudaba). Bajo al escenario y bailó frente a Marius y Mael, que estaban petrificados (como yo), quien sabe si por los recuerdos o por su manera de bailar (tal vez las dos cosas), porque ninguno de los dos pudo moverse de su sitio. Fue de mesa en mesa sorprendiendo a cada uno de los comensales con su gran sable dorado. CUando llegó al frente mío y de Gabrielle , comenzó a girar y a mirarme. Giró y giró, hasta que ya tenía el sable apuntando a mi pecho y oí las carcajadas tanto de mortales y de inmortales.

"Ven", me ordenó el. Yo seguí hacia la parte secreta de la mansión. Azulejos y baldosas, llenas de frases de El Corán. Varios afiches y fotografías de Haifa de todas las épocas. Era el palacio de El Califa lleno de televisores, muebles loft, narguilas... era la modernidad siendo esclava de lo que aun representaba todo para ellos. Palpaba cada una de estas cosas con mis manos, y de pronto descubrí una miniatura del siglo X . Era un hombre con la boca llena de sangre y turbante. Tenia el mismo uniforme de los soldados a los que tomaba, y los otros tenían una cruz. En otro lado aparecía un arcangel, y mas cuerpos mutilados. El arcangel tambien tenía barba y turbante. Me causaba cierto placer contemplarlo.

-El Terror de los Creyentes, Sadiq el ifrit, me llamaban ahí- aclaró una voz cálida de hombre, que no podía ser sino la de Musharraf. Era realmente imponente y hermoso, con su camisa de lino azul oscura. Me dio dos besos en la mejilla y un beso con su sangre poderosa. Yo le sonreí un poco turbado por tan cálido recibimiento.
-A esto le llamo yo mi entrada al "Hall de la Fama"- se burló el. Fue de cuando serví a Saladino. Una miniatura para mi solo, que vanidad.
Yo me reí por su ocurrencia. Era indudable que solo se reia de si mismo cuando las desgracias lastimaban su alma.
-Sientate- me dijo amablemente. Uno de los sirvientes le trajo un colibrí que mató con una de sus uñas. Exprimió la sangre y la vertió en una copa de oro que me ofreció. El liquido del animal era como un nectar suave y dulce para mi cuerpo. El me sonrió.
-Cuestiones culturales, de hospitalidad, tu sabrás.- fingió excusarse.
-Eres muy buen actor- le dije yo socarronamente.
-Buen consejo del maestro- me respondió ingeniosamente. - Tu nunca dejarás de ser Lelio, Lestat. Ni yo la criatura de esa miniatura. Un tigre no pierde sus rayas.
-¿Porque querrías ver a alguien que ha podido causar problemas a vampiros mas prudentes y fuertes que tu?- le pregunté.
-Porque ese vampiro podría ser mas fuerte que todos ellos- me respondió mientras se quitaba un anillo de su dorada mano. - Y no es un halago. Por fin quería conocer a esa maravillosa piedra en el zapato que representas.
-Eso tiene sentido. Me pregunto si será lo mismo para lo del musulmán.- le repliqué haciendo alusión a sus demostraciones de fidelidad hacia el Islam.
-Soy algo que Allah eligió crear. Así lo adapto. Parece sencillo, pero no lo es. Una cosa es ser un asqueroso ser de catacumbas. Otra, ser un buen vampiro, como bien lo dijiste tu. Yo sigo los preceptos que Mahoma me ha dado y que se aplican a mi eterno transcurrir. Aunque no tomes esto como una verdad simple. Para lograr esto hallé y hallo aun mucho sufrimiento.
Sus palabras parecían sabias. He ahí porqué era amigo de Marius. Se parecían bastante en muchas cosas. Marius se había desahogado pintando.
-Yo escribiendo- me dijo el leyendo mi pensamiento. -Ven- me dijo acercándome a un libro del siglo XIII. - Eso es mio. - dijo con orgullo. ¿Sabes que es?
Yo lo examiné. Las páginas de pergamino y las letras divididas en color por segmentos. Era delicado. Podia oler el olor de la mesa donde el había escrito todo.
-Las Mil y una noches- afirmó. - Todas esas leyendas provienen de gente como nosotros. Yo las compilé todas. Eso me ayudó a entender un poco mas mi pena. Lo mismo la poesía. La belleza de una palabra en mil victimas. Eso lo pude entender a la perfección. La creación palia de cierta manera lo que somos.
-¿Detestas lo que eres?- le pregunté sin complejos.
-No. Detesto lo que implica- me respondió el cortante. Pero de pronto, se quedó callado. Había entrado Haifa con un chador.
-Es Lestat, Haifa. Puedes quitartelo en su presencia si deseas.
Ella sonrió tremula y me miró. Era identica a Akasha. Yo no pude contener mi asombro. Ella se sentó suavemente en uno de los almohadones, y Musharraf, como si fuese su servidor, se le acomodó detrás. Ella lo manejaba como si fuese de peluche. Extraña relación de subyugación mutua que tenian 2 inmortales que se habían soportado tanto.
-Cree que soy Akasha- le dijo a su marido con sonrisa triste.
-En realidad, Lestat, ella no nos mató porque Haifa es su descendienta.- aclaró Musharraf acariciando su bello rostro. - La mayoría de chicas de por aquí son así. - Y ella quería hacer de Haifa algo así como su princesa.
-Y eso que comencé como esclava tuya allá en Córdoba, mi amor...- susurró ella nostálgica. El sonrió y le besó la cabeza.
-Tiene razón Yue Lie. Ella es mi esclava. Yo soy su esclavo. Pero soy un guerrero mujaidin, y a ella le sirvo.
Me encantó lo poético de la declaración. Musharraf era un maestro usando las palabras.
-CUentale asi como Scherezada, mi vida, cuentale que paso con la historia de ese guerrero que paso a ser un ifrit que se bebió los Califatos como si fuesen sangre...- dijo ella lanzándome una enigmática mirada.

-Si, Lestat, te contaré como llegué a saber que Mahoma no me hacía pecador por ser su Angel de La Muerte. Te contaré como un hombre afortunado que nació bajo los primeros Abassies, en medio del esplendor de Bagdad, cayó en la mas profunda desdicha y soledad perdiendo todo, y consiguiendo su venganza... eterna...

(Musharraf vio que llegaba la aurora y pospuso el cuento para la noche siguiente)
COntinuará....
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MensajeTema: capt dos   Sáb Nov 01, 2008 12:03 pm

La muerte de un afortunado.

Nací en Bagdad bajo los primeros Abbasíes, con un destino afortunado, podría decirse. En ese paraiso terrenal que era entonces la capital del imperio más poderoso de ese entonces, yo era el hijo mayor del general Yousuf ibn al Khalil Alami, uno de los principales asesores del Califa, y por supuesto, un hombre atado a todas las implicaciones que ello traía consigo.

Bagdad en aquel entonces era una fuerte y espléndida ciudad que postraba sus muros ante el Califa y sus habitantes ante el Islam. El Islam era su alma, su razón de ser. Era bello en sus palabras y sangriento en sus acciones. Era bello sentir el amanecer arrodillado ante la presencia de su inspirador. Era bello escuchar a los ulemas disertar, o ver los ojos insinuantes de una mujer que bajo un chador contenía pasión absoluta.

No se si alguna vez fue bello apedrear a algun mendigo que se negó a hacer la peregrinación, o a alguna mujer que rendida a su corazón fue descubierta en rebelión. Eso solo producía temor, o indiferencia. El Islam también tenía sus favoritos. El duro Islam que pronunciaba versos de amor a un Dios Ommnipotente, que permitía que pobres hombres fuesen crucificados junto a mujeres e hijos sin motivo aparente y se le cortaran los brazos a los ladrones. Ver todo esto desde los bellos jardines del Califa o verlo desde sus galeras como la estatua que yo debía ser, era ironicamente la unica forma de vida a la que yo siempre aspiré.

Fui educado como todo un hijo de mi padre, y por ello mis pasos ya estaban trazados. Lo sucedería en la guerra, lo sucederia muriendo en el campo de batalla como correspondería a todo elegido de Allah, o me cubriría de gloria y moriría como cualquier buen musulmán. Por esa razón la espada fue mi primera maestra, y los latigazos por preguntar porque debía saber si la yihad era tan santa como lo decían ( ya que oía los terribles relatos de las victorias sobre los rebeldes kurdos o de cualquier otra tribu), o si comer cerdo nos iba a mandar al infierno. Ahí fue que descubrí, entre la indiferencia de mi padre y el eterno y débil silencio de mi siempre apartada y sufrida madre, que el Corán tenía un hermoso rostro tapado con el velo de la prohibición y de la obediencia.

En realidad lo único que a mi me inquietaban eran las palabras. Fueran del COrán, de los sheicks poetas, de los pregoneros, de las mujeres. Tuve un maestro, Fadiq al Ahala, que me enseñó mucho sobre las preguntas y no las respuestas que debe hacerse todo ser humano en la vida. El estaba influenciado por Aristóteles, el gran filósofo griego. Era placentero caminar con el a través del atestado mercado, disertando sobre todo lo que nos rodeaba. Hasta que por supuesto ,el Califa le cortó la cabeza, y un gran silencio invadió mi alma.

Mi padre comprendió pronto que en mi debil estado mental y espiritual solo había una forma de salvar su propia alma: Llevándome a la guerra conseguiría su objetivo de formarme, como siempre soñó , como ese gran general que fue el. Y no le fue dificil encontrarla. Por ser un territorio tan grande, siempre había alguien descontento, fuese un sultán que quisiera sentarse en el trono de Bagdad, o una tribu o un pueblo harto de hacer abluciones y arrodillarse al alba, viviendo en miseria y pagando a los sheicks con sus vidas.

Así que luego de calcinarme en el desierto al lado de mi joven regimiento, siempre cabizbajo y silencioso, enfrentando solo mi coronilla ante ese terrible sol ardiente, solo tenía ganas de gritar, de matar, de maldecir. Por eso cuando mi inteligente padre, sabedor de lo que me pasaba, me dio su espada, no tuve piedad con nadie. Maté ancianos, mujeres, niños por docenas. Abusé de mujeres haciendo caso a mis instintos ocultos, tratando de olvidar a mi antiguo maestro que creía mas en la razón que en la convicción, en el respeto por encima de la fé. Lo olvidé haciendo todo tipo de atrocidades con esos anónimos rostros que a veces aparecen en mis sueños, aquellos a los que no les entendía una palabra y que me rogaban piedad arrodillados, temblorosos e indefensos.

Cruzamos el mar mi padre, yo y nuestro gran ejército de perturbados y convencidos de que luchaban por el honor del Islam. Hice lo mismo con algunos impertinentes cristianos que se ofrecieron ante el filo de mi poderosa espada como inutil carne de desahogamiento, y con compatriotas de mi misma religión, ya que estaban bajo el traidor Omeya, Abdurraman I. Siempre se burlaron en las veladas de mi al comentar mas de un ebrio que yo era la reencarnación de tal sujeto. Y tal vez tuvieron algo de razón, ya que su descripción física concuerda bastante con lo que yo soy.

Luego de 3 penosos años regresé cubierto de gloria, de oro, de regalos y de un almohadón en la corte del Califa. Mi padre por fin tenía su felicidad y su alma asegurada en el Paraiso. Y solo le faltaba darle un toque a su obra maestra, a su reflejo inmovil, lo que era yo sin tocar la espada: casarme.

Yo era , supuestamente, el bendecido de Allah. Al que Allah había elegido para imponer su ley. Era un hombre afortunado, como debía ser todo aquel seguidor de Mahoma. Pero mi alma navegó en aguas turbulentas, y la tormenta que seguía siendo mi interior estaba a punto de causar una catástrofe. Mis prolongados silencios era por lo que mas se preocupaban mi frívola madre y mis tontas hermanas menores al tratar ahora de controlar a su mudo títere.

Yo le rogaba a ese dios distante que era Allah que me diera descanso. Que me diera lo que esos ebrios poetas consideraban la felicidad. Noche tras noche me atormentaba sobre lo que había hecho y pensado hasta el momento. Y paradojicamente, cuando me casaron, encontré todo ello.

No sentí entusiasmo alguno en la ceremonia, y menos en ese bello ritual donde aparecía la novia cubierta de velos con sus peinadoras. Hasta que me dejaron solo con ella, y de repente sentí una puñalada en el corazón, un escalofrío al ver sus ojos azabache intensos. Ella se quitó el velo. Era bellísima. Sus cabellos oscuros iban hasta su cintura, eran castaños, y su boca fina me sonreía complaciente. Me sentí indefenso ante esa perturbadora demostración de diabólica coquetería y fragilidad.

-¿Y bien, señor?- me preguntó imponente señalando el lecho. - ¿Irás?
Yo tomé su mano y obedecí al instante. No dejaba de mirar sus ojos. Aclaré mi garganta.
-¿Como es tu nombre, señora?- le pregunté como cualquier niño tímido al ver una princesa.
-Me llaman Dunzayad, señor- me dijo ella acariciando mi rostro. - Que afortunada soy. No me tocó un repugnante viejo, sino un hombre bueno.
Yo me sorprendí por su inteligencia y al mismo tiempo por su profundo desconocimiento de las cosas del mundo.
-¿Crees tu, señora, que soy un hombre bueno?- le pregunté tomando su mano.
-Conmigo si- dijo ella tendiéndose en el lecho.
Debo decir que solo de inmortal, con la sangre y con mis pocos elegidos, volví a experimentar tal placer combinado con la pasión y el miedo al mismo tiempo. Me enamoré perdidamente. Esa mujer de repente se había convertido en la excusa perfecta para no abandonar esa vida que hasta ahora había llevado. Si, por Dunzayad sería un correcto musulmán que mandaría sobre su mujer e hijos y haría la caridad con el desgraciado.

Vivía en el delirio. Ella y yo vivíamos uno para el otro, incluso cuando nacieron nuestros hijos, Amir, Hossam, y Ahmed. Eran mi orgullo, pero no por ello dejé de hacer con Amir lo que mi padre hizo conmigo, aunque de manera menos rígida y si mas de amistad. Viviamos los 5 en nuestro hermoso palacio, protegidos de la maldad de la tierra, y disfrutando de los dátiles mientras mirabamos el sol caer.

Pero pronto descubrí, para mi gran infortunio, que las acciones pasadas si dejan heridas en la inestable linea que es el tiempo. El Califa necesitaba de mis servicios en el golfo de Persia, ya que otra tribu se revelaba. Así que la farsa que había montado poniendo como excusa a mi mujer, ahora me pasaba cuenta de cobro obligándome a separarme de ella y de mis hijos por un buen tiempo. O tal vez por siempre, si llegase a morir definitivamente.

Nunca hubo tal guerra. Nunca hubo nada, sino la terrible confirmación de la sombra que se anidó en mi corazón al mirar hacia atrás y ver a mi mujer e hijos despidiéndose de mi desde nuestro palacio. Mi gran colega Khalid y mi regimiento trataron de hacerme pedazos junto a un escarpado. Sentí mi sangre correr sobre mi cuello, mis piernas. Sentí mi vida irse y mis recuerdos agolparse. Y luego, el vacío.

Cuando desperté, me encontraba malherido en casa de un pastor persa y su hijo, que me cuidaron como a su camello más preciado, a pesar de que yo iba a destruirlos. Y mi eterno instinto de señalar el hado me golpeó en ese mismo lecho.
-Dunzayad...- susurré aterrorizado.
Galopé endemoniadamente hacia mi palacio a las afueras de la ciudad. Totalmente saqueado. Busqué desesperado a mis hijos a través de las ruinosas habitaciones, hasta que una imagen me heló: Mis tres hijos yacían en el patio central, cubiertos de sangre, atravesados por espada. No pude articular palabra. No pude gritar. Me quedé inmovil, estupefacto. Temblando de ira y de miedo. De dolor. Así me quedé bastante tiempo, hasta que una voz me sacó de mi letargo.
-!Señor!- me dijo una vieja esclava, que había sobrevivido. - Su mujer está viva, pero grave...
Fui de inmediato a la casucha de la anciana, y la vi a ella como un cadaver de lo que había sido desde esa noche en que nos conocimos. La habían golpeado casi hasta desfigurarla. Estaba pálida. Vejada. Apenas me vió, comenzó a llorar. Yo la abracé y lloré con ella. Sentí su caliente frente alarmado.
-Eran solo unos niños...- sollozó.- Eran mis hijos...
-Fue esa maldita mujer...- dije lleno de odio. Esa vibora con túnica era la favorita del Califa, Amina. Había tratado de seducirme y yo la había rechazado enérgicamente. Todo eso era obra suya.
-Musharraf...- me dijo mi esposa sonriendo y llorando. - Eres un hombre bueno...
Apenas dijo esto, cerró sus ojos lentamente, y su rostro se ladeó casi al instante. Me habían quitado mi familia, mi mundo, me la habían quitado a ella. Ahora el destino , harto de portarse bien conmigo , me había escupido en la cara por yo haberle hecho lo mismo duante tanto tiempo. Sabía que mi farsa no me iba a durar. Me había labrado mi destino, de cierto modo. Y me odiaba porque los que amaba habían pagado por mí.

La anciana me escondió en una tinaja de aceite de la calle. Oí esa noche los gritos de horror de la anciana, los cuales nunca olvidé " !No! !Respeten a una difunta! !Respeten a una difunta!". Su lamento ahogado de muerte. Y el incendio de su casucha.

Abandoné Bagdad al enterarme de que era buscado por el Califa, acusado de alta traición y sedición, algo que nunca se probaría sino asesinándome. Abandoné Bagdad asqueado de mi mismo, de mi existencia, de los humanos. Ya no tenía nada que perder, y lo que perdí, era un deseo que quería que jamás se realizara.

Vagué por el desierto 5 años , atormentado por mis recuerdos, por el rostro de Dunzayad y las risas de mis hijos. Sobreviví matando lo que encontraba, o a quien encontraba, como en mis épocas de guerra. Me preguntaba siempre porqué, porqué, porqué yo ahora era el elegido de las burlas del destino. Mi odio crecía a medida que avanzaban mis pasos, mi piel se marchitaba y mi cabello moría, pero no me importaba. No me importaba morir, inclusive.

Hasta que comencé a verlo. Vestía como todo un oriental. Tenía cabello negro y ojos azules. Una cortés sonrisa, agradable en su aspecto. Soñaba con el a menudo. Y esto me alarmaba de sobremanera, porque a cada pueblo o ciudad que iba, era el mismo guiando mis pasos. Mis pensamientos parecían escrutados por el, y a menudo sentía o creía sentir sus pasos. En un lugar solitario los camellos se asustaban y los caballos relinchaban. Ahí me sentía vulnerable frente a algo o alguien que yo no alcanzaba a comprender.

Meses transcurrieron, yo preguntandole por su identidad, el contestándome que tuviese paciencia. Las presencias me seguian asolando, fuese en Basora o Damasco. Y eso me aterraba, sobre todo cuando me preguntaba "¿Seguro que este es tu destino?" "¿Cual es tu destino?". ¿Que clase de djin malvado jugaba asi con los pensamientos y sueños de otra persona?" Uno bastante poderoso, y eso lo descubrí la noche de mi muerte.

Como a todo hombre afortunado, las cosas llegan en el momento justo. Una noche en un oasis cercano a Kabul, me encontré frente a frente con Khalid y sus hombres. Esta vez si estaba dispuesto a cobrar lo que había hecho el con mi familia. Saqué mi espada y no dije una sola palabra.

Estaba a punto de hacerlo pedazos, cuando sentí un terrible dolor en mi espalda. Otro en mi nuca, otro en mi vientre. Khalid hundía desesperada y temblorosamente, su mano en mi vientre, con su pequeño puñal. Me miró inclemente.
- Lo siento, Musharraf, ordenes del Califa. Gastamos 5 años contigo. Y una recompensa es una recompensa.
Vi a sus demas amigos con los ojos avidos e incrédulos de quien es cómplice de un crimen. 5 imbéciles de bigote que lamian sus puñales, riéndose de mi mientras yo miraba con los ojos muy abiertos a mi ex amigo.
-Khalid... yo soy inocente...- le dije, mientras me desplomaba y contenía mi herida. El me miró como una estatua.
-Alguien que le de el golpe final- dijo sin inmutarse.
Sentí como algo me atravesaba el corazón hasta el fondo. Sentí el sabor metálico de la sangre atravesar mi boca. Traicionado y humillado de nuevo, asi era de debil yo, peor e incluso que Louis. En medio del dolor ví como de repente una sombra acababa, o chupaba con lo que quedaba de Khalid o sus amigos. La sombra limpiaba mis heridas, que sangraban copiosamente. Sentía su rasposa lengua sobre mi nuca. Y vi claramente una mano que me acercaba y me decía en griego:
-Bebe de mi y vivirás para siempre.
Lo hice. Quería mi venganza. Quería mi vida de nuevo. Bebí ese caliente líquido, que me evocó a la ciudad de los Bizantinos, Atenas. Sentí como ese líquido acallaba mi dolor, y que con el , haciéndome retorcer en la arena, como si mil agujas calientes fuesen aplicadas en todo mi cuerpo, mis fuerzas volvían. Cerré los ojos y repasé en un instante todo lo que había sido mi vida mortal. Descubrí que siempre había sido un títere buscando una vida imperfecta, menos llena de fortuna y si mas agitada que la otra, descubrí que siempre había querido maldecir a mi padre y hacerme en Mahoma, y descubrí que mi mujer e hijos eran la excusa perfecta para hacerme tener miedo y no abandonarlo todo, como siempre quise. Para pecar.

Y el dolor continuaba y tocaba cada una de las fibras de mi cuerpo. Llegué a una explosión insoportable de sangre que saqué por la boca, y que me hizo cerrar los ojos durante mucho tiempo.

Abrí mis ojos y vi en todas las cosas detalles que ni imaginé alguna vez ver, ni colores de los que había oido nombrar. Miré mis manos, ahora mas blancas y con uñas de cristal. Lo miré a el, buscando en su irisdicente piel una respuesta. Solo me sonrió.

-Musharraf, el guerrero mujaidin - me dijo burlón. Yo estaba realmente asustado.
-¿Quien eres?- le pregunté temeroso.
-Tu creador. Llamame Khayman...
-¿Que somos?- le pregunté mirando mis pies y mi cuerrpo.
-Vampiros, bebemos de los mortales y vivimos una eternidad...
En mi primer instante de vida vampírica había pensado en la venganza, y eso me dió la idea mas terrible de la accion mas terrible que pude cometer en alguna época de mi vida... la venganza y el poder son malos consejeros.
Sobre todo la venganza de un joven vampiro...

(Musharraf se había dado cuenta de que había llegado la aurora y pospuso el relato para la noche siguiente)

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MensajeTema: Capítulo tres   Sáb Nov 01, 2008 12:06 pm

Sadiq, el ifrit.

No podía dejarme de mirar las manos. Todavía sentía el dolor que recorría mi cuerpo. Y un ardor terrible. Comencé a temblar, ya que no comprendía lo que me pasaba. Khayman trató de tranquilizarme.
- Calma, Musharraf. Tu cuerpo te pide sangre. Es todo. Tienes que alimentarte de alguien, y eso pasará. Y entre más te alimentes, tu cuerpo se acostumbrará.
- Lo sé- dije con malestar. – Esta es la última parte de mi condena.
- ¿A que te refieres?- dijo risueño.
- Soy… ahora soy el Ángel de la Muerte de Allah. Ahora soy el ifrit, el que hace las cosas impuras…
- Claro que no- me dijo con una mirada incrédula. – Eres un vampiro. Y quien diablos sea que haya creado todo esto, no lo hizo con intención de hacerte una asquerosa criatura marginada. ¿Me ves a mi como un monstruo?
- ¿Tendré que matar a esa persona?- le pregunté sabiendo la respuesta.
- La sensación de la muerte es lo que te tiene vivo, Musharraf. – Tienes que matarlos. Y a ti lo único que te destruye es el fuego y el sol. Nada más.- me dijo cortante.
Khayman parecía como un padre repentino que hubiese adoptado a un hijo por casualidad, como si tuviese que hacerse cargo de alguien a quien accidentalmente pensó que habría querido. Un pequeño frágil y un hombre rudo.
-Está bien- dije resignado. – Tengo que matar a alguien. Ya me acostumbraré- respondí engañandome, porque no tenía otra opción. – Pero estamos lejos de Bagdad.
El me sonrió amablemente. Porque sabia que seguía mintiendome. Mate a muchos en las guerras. ¿Por qué me temblaría el cuerpo para matar ahora que era mi naturaleza?
-No te asustes, mujaidin. Yo puedo volar. Llegaremos en un abrir y cerrar de ojos- me dijo dándome la mano. Yo era muy frágil entre sus brazos, a pesar de que era mucho mas alto y grande. Estaba mareado.
-No logro acostumbrarme… le dije mirando el desierto, que parecía un bello tapiz color azul. – Esto es como si yo fuese un ifrit…
-Los ifrits pueden volar, amar, comer y bailar como cualquier otro?
-Eso creo- le dije yo según lo que había escuchado.
-Entonces no estas condenado a llevar harapos- me respondió.
Y ahí se terminó nuestra disputa, porque de inmediato sentí todas esas voces en mi cabeza, el olor de la carne humana, del sudor, de los camellos, de los alientos, el latido de muchos corazones… y mas voces…
-Para- le dije sobre un techo cualquiera. – No puedo con esto… ¿qué me pasa?.. porque ahora siento…- dije jadeando- este impulso…
-Porque debes matar- me respondió como si fuese algo natural. –Ven.
Tomo mi mano y bajó conmigo hacia una oscura y miserable callejuela. Sentí la presencia de una esclavita, no debía ser mayor de 15 años, con una tinaja de aceite vacía. Sentí el olor de su pecho… el dulce y empalagoso olor de su cuello…
Cuando menos pensé, estaba abrazado a ella, absorbiendo todo su ser. Vi toda su pequeña e insignificante vida correr a través de mí. La tinaja se quebró en pedazos. Sentí como se iba yendo poco a poco de su cuerpo, hasta que Khayman me detuvo.
-Si ella se muere y tu sigues, tu morirás- me dijo suavemente.
Yo seguía jadeando. Estaba mas que satisfecho, pero mi apetito no tenía límites. No podía creer lo que había hecho. En ese momento pensé que si ser ifrit era una condena, era porque Mahoma nos había mentido. Era el placer mas grande que habia conocido criatura alguna. Mahoma era egoista, si.
-Quiero otro- le dije trémulo a Khayman.
-Debes tener cuidado. – me dijo el como si fuese un padre bondadoso. – He descubierto que aquí son bastante creyentes en todas esas cosas. Pero no son mas que reflejos de lo que nos hace ser esto. Así, muchos mortales aquí son supersticiosos. Por lo tanto, ten cuidado donde vayas a cazar.
Lo acompañé a tomar otra persona, que parecía ser un pilluelo de los que andaban por las noches husmeando y matando comerciantes. Lo hizo con solo saltar a su ventana, tomarlo con un brazo y clavar sus colmillos en su cuello. Todo en 5 minutos. Dejó el cadaver tal y como lo había encontrado: durmiendo.
-¿Siempre matas pillos? - le pregunté impertinentemente.
- No te avergüenzes, Musharraf, tienes mucho que aprender aún- me dijo como el maestro que siempre quizo ser para mi. – En realidad, si te fijas, hay criaturas que matan por placer, otras por instinto. Yo solo mato porque es mi naturaleza. Venimos de un demonio muy poderoso, pero como aún conservamos nuestra alma humana, matar a los que consideramos “ malvados”, nos hace paliar un poco este estado.
-Es decir que no eres feliz siendo como eres…- le dije mirando hacia el arenoso suelo.
-Muchas veces no.
-¿Porqué yo?- le pregunté al fin.
El suspiró.
-Te lo diré más adelante. Ya va a amanecer. Es hora de dormir- me dijo serenamente.
La noche siguiente trajo para mi unas ropas de mujaidin mas negras que la noche, aunque demasiado lujosas para que hubiesen pertenecido a un soldado raso. Deduje que había matado al portador de aquellas vestimentas, o seguro había ido a mi ruinoso palacio. Mi ruinoso palacio…

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MensajeTema: capt tres parte dos   Sáb Nov 01, 2008 12:07 pm

Sadiq el Ifrit- parte dos



No se opuso a entrar a lo que quedaba de mi palacio. Yo solo miraba la fuente, donde antes yacían mis hijos, y donde ahora el viento del desierto ululaba sobre los azulejos. Respetó mi silencio, mi dolor. La arena, el polvo, la sangre, las cenizas, ahora se irian. Se irian como todo lo que alguna vez tuve en la vida. El intuyó lo que me dolía preguntarle.
-¿Qué… hiciste… con ellos?- pregunté mirando al piso.
- Quemé sus cuerpos y les di la bendición cristiana, la única que conozco- me dijo sereno.
-Murieron como infieles, entonces- dije despectivamente. –Quemaré este lugar cuando anochezca.
Me fui de inmediato, dejándolo con la palabra en la boca. Siempre odió eso de mí. Siempre odioó mi laconismo para no llegar al fondo de las cosas. Y esa fue la primera vez que me confrontó.
-Que paradójico en ti- me gritó. – Odias hacer esto por tu naturaleza, pero no por tu fe.
-Tienes razón- le respondí sin voltearme. – Soy el ifrit- le dije mirando hacia atrás, con una sonrisa cruel.- Ahora lo entiendo.
-¡No te volverás una criatura harapienta!- me gritó horrorizado. - ¡Alguien que solo cree en sus verdades para aumentar su propio placer, y que vive como monstruo por una premisa que le ha fallado!
-Solo… me vengaré.- le dije. El, desde ahí, comprendió que me había perdido para siempre. Silenciosamente me mostró el sótano. Habian dos sarcófagos preparados. Los recuerdos volvían a mi, de maneras horribles. Escuchaba sus voces, la risa de mi Dunzayad. Los juegos de Amir y Hossam. Pasos. Mi primer amanecer fue un infierno.
Por ello le prendí fuego al palacio apenas anocheció. El no dijo una palabra, solo me dejaba hacer, experimentando con un juguet e peligroso. Un juguete que luego de perder su conciencia, como lo hice con lo que te contaré luego, patentó, practicamente, lo que Lelio hacía en las calles de su París, en el siglo XVIII. Cuando tu matabas familias enteras, yo hace mucho tiempo que no dejaba harenes sin bellos cuellos inertes sobre los finos almohadones de seda.
Y Khayman seguía ahí. Solo se limitaba a respirar. Creía que con eso mi alma se sosegaría. Quería creerlo, porque no podia pensar en otra cosa. Sabía que me había escogido por que siempre quizo amar a alguien con una fuerza capaz de destruir a dos personas . Alguien con una fuerza glacial, alguien que usara el fuego como el hielo, y el dolor como filuda coraza. Y ese enloquecido vampiro que ahora saltaba por las calles de Bagdad, reunía todo eso para el, que solo lo seguía como una sombra o un pupilo. Alguien irrefrenable que se dirigía a los dorados aposentos del Califa para tenirlo todo de un velo rojisimo.
-Eres un estúpido- me espetó al fin, cuando estábamos frente al Palacio, y en el calor sentíamos la presencia del desierto. – Actúas como un niñito. Por esto muchos ingenuos novatos como tú han terminado abrasados bajo una pica.
-¿Ya terminaste?- le pregunté burlón. – Se que podrías hacerme trizas con tan solo mirarme. Se que podrías encerrarme como a un animal, y someterme a la esclavitud. Ya lo has conseguido. Tu silencio es mejor que tus palabras- le dije con gran extrañeza para mi mismo. –Solo te pido que me dejes hacerlo. O no podré seguirte. Porque quizá llegue un día en que Bagdad sea pequeña para mi. Solo hasta ese entonces, te pediré que no me juzgues- le dije tornando mi rostro hacia gestos mas sombríos.
El solo me abrazó, y me besó. Yo me sentí extrañado, ya que eso siempre había sido condenable, el mas grande de los tabús en el Islam, luego de el de ver a Mahoma como un humano mas. Era un poco ignorante en esas cosas, porque siempre, para contrarrestar estos gestos de afecto, se exaltaba el amor entre hombres y mujeres, nuestros grandes poetas daban fe de ello. Me estremecí, pero le correspondí con un abrazo que arrastraba desesperación, y ansías por compañía, por comprensión. El era el padre y el hermano que nunca tuve. Y no sabía que mas. Y ante su sorpresa, le respondí lo mismo que a ti al ver esa misma cara:
-Aun soy un hombre del Islam en muchas cosas, Khayman- le dije yéndome hacia el Palacio. – Soy un hombre con sangre y alma sometidas a los preceptos de alguien que quizá pecó mas que yo. Esto aun resulta muy extraño para mi.
-No te preocupes…- me dijo sonriente.
-¿Vendrás conmigo?
-Si tu quieres…- me dijo con su suave tono de voz, muy serenamente.
-Prometeme que no harás nada- le dije como un marido severo a su esposa.
Y practicamente, lo éramos. El tono en que nos tratábamos definiría una tormentosa relación de 100 años que nunca se definió del todo.
El asintió. Yo aparté sus largos cabellos , y acomodé su turbante. Toqué su rostro, y luego salté hacia los techos de las almenaras del Palacio. No me fue dificil abrirnos camino. Sentía poder, y hasta diversión, torcer cuellos de jovencitos ineptos que antes estaban bajo mis órdenes, o mandarlos por el techo. Sentí varias respiraciones de niños pequeños. Pequeños corazoncitos latiendo.
-No pensarás…- me dijo alarmado.
-Te dije que era mi venganza- le respondí duramente.
Entré a través de las cortinas. Reconocí a dos pequeñuelos, jugando en las baldosas.
“No griten” les ordené. Ellos se quedaron inmóviles. Avancé lentamente. Tomé a uno, y rasgué su pequeño cuello rápidamente. Bebí de un tirón toda su sangre. El otro no tuvo tiempo de correr, y gritar, porque en un parpadeo arrebaté su vida.
Acosté a los dos pequeños en un gran lecho, y yo me quedé esperando. Una esclava entró, y no se dio cuenta de nada, incluso de la presencia de dos vampiros en la misma habitación.
-Señora- dijo la bizantina. – Están dormidos.
Luego de un rato, en el que seguí en absoluto silencio, entró la persona que había causado que mi corazón se desgarrase y que ya no entendiera de esperanzas. La que me hizo vagar 5 años en el desierto solo por un celoso capricho de su podrido corazón. Su silueta se vislumbró en la oscuridad. Yo cerré la puerta.
“Mira a tus hijos” le dije con mi mente,.
Ella lo hizo. Prendió una lámpara de aceite, y comenzó a gritar, cuando vió las horribles marcas en el cuello. Y sobre todo, cuando descubrió , al poco tiempo, que estaban sin vida. Comenzó a llorar, y de repente, se tropezó contra mi.
-¡Eres el Angel de la Muerte!- me dijo asustada, y llorosa.
Yo le tiré el símbolo en árabe de mi familia. Ella lo miró detenidamente. Palideció, y con una mano temblorosa lo dejó a su lado.
-Tu habías muerto…
Yo tomé, rapidamente, la lámpara. Aparecí sonriente, con los colmillos en todo su esplendor. Estos, claro, chorreando la sangre de sus hijos. Comencé a reirme.
-¿Quién dijo que los condenados al infierno mueren?- le susurré. – No.. sencillamente, por ser inocentes, pueden volver, mi querida Amina…
Ella gimió de horror. Solo quería que yo me fuese, rogaba por su vida, rogaba y me odiaba al mismo tiempo.
- ¡Tu los mataste!- me gritó sollozando.
- Por lo menos murieron en una cama, y no los dejé pudrirse en el patio del palacio, tal y como tu ordenaste hacer con mis hijos…- le dije acercándome. Ella se tropezó con Khayman.
- ¡Salveme, se lo suplico!- le gritó tirada a sus pies.
- No puedo- dijo tristemente. – Es una promesa que le hice.
Ella le suplicó, llorando en el piso. Yo la levanté de un tirón.
-¿Te acuerdas de Dunzayada?- le susurré.
Ella me escupió.
-Entonces si quieres hacerme lo mismo que le hicieron a ella, tómalo de una buena vez- me dijo furiosa. – Y luego mátame. Porque no soportaré ver lo que hiciste con ellos… ellos eran inocentes…
-Los míos también…- le dije sonriente.
-¡Matame!
-No- dije soltándola, para luego tomarla sorpresivamente. No la maté, pero si la dejé lo suficientemente inutil para no hacer nada mas.
-Adios, Amina…soy el nuevo Angel de la Muerte…- le dije, mientras desaparecía con Khayman por la ventana.
Solo oí gritos en el Palacio. Gritos de horror, y plegarias por piedad que por lo menos, de parte mia, no serían escuchadas en mucho tiempo.
A las 60 noches siguientes, por los albores de la mezquita, me enteré de la esposa del Califa, que había matado a sus hijos instigada por la locura. Sería ejecutada luego de los 7 dias de la última peregrinación que completaba el Califa en La Meca.
-Ya tienes tu venganza- me dijo asqueado Khayman.
-No, aún no- le dije poniéndome la ropa de un rico mercader al que había matado, mientras ponía en un costal todas las viandas que tenía.
-Esa pobre mujer sufre en la prisión. Sufre de locura por tu culpa. Eso no es vida, Musharraf. Y esta condición de inmortal te da poder, para perdonar, para dar a las personas una muerte digna, para darte la grandeza que un humano jamás tendría.
-Bellas palabras- le dije yo cortante. – Pero te olvidas de algo: Sigo siendo un humano, a pesar de todo.
- Prométeme algo- me respondió desconsolado. – Acaba con su vida. Tómala. Por mas que haya matado a tus hijos, ella no merece el sufrimiento que le has infligido.
-No- le dije yo echándome tres costales llenos de viandas, joyas y ropas encima. – Se merece mucho más- le respondí cínicamente. –Además prometiste que no ibas a entrometerte…
-Trata de detenerme…- me respondió el desafiándome, mientras se iba, rapidamente, volando sobre mi, y saltando sobre los techos. Yo me llené de ira e impotencia, de furia. ¡Asi que me había dejado actuar para imponerse burdamente como el maestro! ¡Eso nunca! ¿Qué sabía el de mi tristeza? El nunca había perdido a sus seres amados, porque jamás los había tenido. Solo había sido un sirviente que odiaba su misera existencia, y que no soportaba la muerte.

Cuando llegué a la prisión, encontré a lo que había sido de la antigua concubina del Califa, tirada en el piso. Estaba demacrada, con su otrora hermoso cabello ahora hecho un enredijo lleno de suciedad y de comida. Su espalda estaba lacerada. Apenas sintió mis pies, se aferró a ellos.
-Te lo suplico, Musharraf, Angel de la Muerte… tomame…- me dijo en voz baja, tal vez rogando. – Tómame….
Yo me aclaré la garganta.
-Esta bien, Khayman. Has ganado .- dije en la prisión, luego de haber matado a los que se habían interpuesto en mi camino. – Viste su rostro. Por eso no eres capaz de matarla.
Cogí su cuello suavemente, y la alcé sobre el suelo. La miré directamente a sus legendarios bellos ojos, que no habían perdido su esplendor. La desgarré rapidamente, y tomé lo que quedaba de su vida.

Luego de tirar su cadáver, sentí la presencia de un aterrorizado guardia. Mis refulgentes ojos lo amenazaron bajo la luz de la luna.

-¿Qué eres tu?- me preguntó aterrorizado.

-Llamame, Sadiq. Soy un ifrit condenado por el mismo Allah a odiar la luz del día. Yo maté a los hijos de Amina. Y acabo de hacer lo mismo con ella.

-¿Tendrás compasión de mi?- me preguntó temblando.

-Tienes que decir a todos lo que he dicho, o de lo contrario te mataré de la peor forma posible.- le respondí desconsolado.

Luego, desaparecí. Nunca me sentí mas asqueado de mi mismo que en aquel entonces. Y ahí descubrí con furia que Khayman tenía razón. Seguía siendo un asqueroso mortal en todo.

CONTINUARÁ…
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MensajeTema: Capítulo cuatro- Bebiendo Bagdad   Sáb Nov 01, 2008 12:09 pm

Bebiendo Bagdad

Cosa que le agradezco a Khayman con toda mi alma, fue haberme abierto los ojos ante todo y no haber desenvainado mi espada ni lamentos de tragedia apenas vi las tremendas catedrales de Occidente, donde sin embargo el clero estaba por encima de los pobres mortales, a diferencia de los queridos ulemas de nuestras igual de pretenciosas mezquitas. Igual , en aquel tiempo nos jactábamos de traducir a Platón y a varios sabios griegos y romanos , de donde pudimos mejorar nuestros conocimientos. Creo, sin modestia, que Bagdad era el centro de todo aquel mundo, donde se escribían poemas para el Emir de los Creyentes, Harun al Rashid en hermosas mansiones llenas de jardines y azulejos, y en donde en los bazares se contaban cuentos de lo que pasaba, combinados con leyendas y fabulas donde la crueldad era la moraleja. En aquellas noches, tanto en las veladas como en la calle, los cuentistas le daban a las criaturas un aspecto aterrador, que hacía que los musulmanes nos acogiéramos en las casas o nos burlásemos en las veladas sobre todo aquello. Oriente siempre será oriente. Tu, Lestat, tuviste la gran ventaja de que el mundo Occidental te introdujo como suyo cuando pasaron los siglos. En Oriente solo con el dinero puedes hacerlo, pero aun así te enfrentas contra milenios de tradición, de creencias, de símbolos. Por eso nunca seremos vampiros, sino figuras tabú. Lo innombrable. Por eso yo era… el ifrit.

-Sadiq, el ifrit bebedor de sangre….- comienza el viejo cuentista a contar con voz misteriosa. – Mató a los hijos de la diosa del Califa….y el harén del sheick Almonacid Al Qadiya … todos los blancos cuellos de esas rozagantes bellezas, desparramados por los almohadones… sus cabellos, inertes, respirando su nueva muerte, como cascadas se descolgaban hacia el suelo de mosaico… tal vez, señores , lo encuentren cuando caminan en las penumbras de las callejuelas cercanas al Tigris… en el reflejo del agua.. ese monstruo barbudo vendrá con su hermoso aspecto y los agarrará del cuello , y beberá su sangre y ni siquiera Mahoma, quien Allah tenga en su gloria podrá salvarlos…
Se oyen murmullos de pánico y terror, otros de escepticismo, provenientes de los sheicks que a veces escuchaban camuflados entre la multitud sentada allí donde el anciano Zaleyman, el más famoso cuentista de Bagdad. Todos hablan de aquel ifrit que había asolado la ciudad durante varios meses. Se habían inventado leyendas. Que habitaba en el desierto y su espíritu malvado pasaba a través de los hombres y de los camellos a través del agua. Que las bellas muchachas ahora no debían bajo ninguna circunstancia estar sin vigilancia. Por si acaso.

Y buscar en todos los agujeros a ese horrible engendro para quemarlo de una vez en los pozos infernales, por lo que patrullas de vecinos en las barriadas y los mismos guardias hacían brigadas cada noche, cosa de lo que los sheicks y los ulemas se burlaban y despreciaban. ¿Cómo era posible que siguieran creyendo en esos cuentos de pastores y de tribus antiguas? Qué tontería, decían, era mejor seguir los preceptos de Mahoma. Por si acaso no dejaban a sus hijas y esposas solas en las noches.
El único causante de todo ello estaba camuflado con una fina capa oscura, acompañado de su “esclavo” griego de apuesto rostro y ojos azules. Trataba de no reírse. Y aun, cuando lo recuerdo, trato de no reírme, a pesar de los reproches del mismo Khayman y de Haifa.
-Vamos, Khayman, sí que me he vuelto popular…- le dije a mi amado acompañante aquella remota noche. – Eso del harén del estúpido grasiento de Al Qadiya nunca se olvidará… ¡no me digas que no fue un esplendoroso banquete!
Khayman no hizo más que suspirar, sereno.
-Ahora quizá nos busquen por todo el Califato los guardias de tu amado Emir de los Creyentes, solamente porque te dio por hacer otra locura sin sentido. Esas jovencitas no merecían morir.
-Vamos, Khayman… tengo derecho a un poco de frivolidad- le dije con una ligereza impresionante para lo que había sido antes. - Toda mi vida fui un buen soldado, amante de su mujer y sus hijos. Además, habría preferido morir poseída por alguien como tú o como yo antes de morir vieja luego de ser usada por ese asqueroso de Almonacid- bromeé.- Además tu no dijiste no cuando mataste al infeliz.
- Porque precisamente era eso, un infeliz- sentenció mi siempre sereno y paciente amigo.- Pegaba a sus mujeres, maltrataba y humillaba a sus hijos y era hipócrita con sus hermanos.
-Pues bien, Khayman, tu juzgas como Allah, lo mismo que yo. O tal vez, si me atrevo a blasfemar, ya que en si mismo soy una blasfemia, como afirma Zaleyman, piensas igual que Mahoma. El mató a quien quiso por su fe. Nosotros matamos a quien queremos. Y como somos más poderosos que toda esta gente, incluso que Mahoma, quisiera cometer una estupidez.
-¿Qué vas a hacer?- me replicó sarcástico.- ¿Matar a Zaleyman en frente de la multitud para que huyamos como chacales? Que brillante eres, Musharraf- se burló. – Prepárate para huir a Bizancio porque nos buscarán como ratas. Si somos más poderosos no podremos darnos esos lujos. Piensas como esos vampiros que terminan en catatumbas, harapientos…

Yo me eché a reír otra vez.
- Khayman, ni que fuésemos parias, o cristianos locos, o algo por el estilo… te aseguro que nadie se percatará de lo que haremos, y callaremos a ese montón de arrogantes …
- ¿Para qué?
- Diablos, te has vuelto como yo- dije exasperado. - ¿Para qué diablos tienes poderes si no puedes darte algunas licencias? ¿Para sufrir? No lo creo. Somos mortales y no lo somos. Somos monstruos y no lo somos.
- Mira, no todos pueden contra un montón de guardias con antorchas…
Yo no le hice caso. Simplemente, lancé un grito monstruoso, acompañado de un gesto aterrador. Mostré mis colmillos, mientras rugía, preso de locura y estupidez, mientras muchos gritaban y otros trataban de sacar sus espadas, y las mujeres agarraban a sus niños, y se rompían las tinajas de aceite. El único incólume fue el viejo Zaleyman, que se hubiese conmovido menos si Mahoma se le hubiese presentado con el Arcángel Gabriel en medio del desierto. Solo fumó su pipa, en medio del caos…
-Vaya. Quise que mi cuento se volviese realidad, y ha sucedido. ¡Bendito sea Allah!- dijo para sí desconcertado. – Si también fuese realidad el de las ifrittas sería un hombre feliz pero no se puede tener todo en esta vida…
Mientras yo tomaba a Khayman y me escabullía entre los techos de la ciudad, y reinaba el pánico, el viejo Zaleyman se dio cuenta de que no sería la primera ni la última vez que Bagdad viviese un acontecimiento como este.
-Será toda una leyenda digna de mujer de sultán –dijo para sí.- Y ese pobre tendrá que continuarla so pena de olvidarse a si mismo… el olvido es tan bárbaro….
Yo también pensaba en lo mismo, hasta que Khayman, con su sentido común aplastante, lo primero que hizo, luego de que nos quitamos esas delatoras ropas para dárselas a los cadáveres que antes habían sido nuestras presas, fue encerrarnos en nuestro lujoso palacio, comprado por sirvientes que hábilmente manejó mi compañero, como títeres. Nuestra reservada casa rodeada de jardines, curiosamente cubiertos.
-No saldremos en varios días, y no volveremos a hacer una estupidez como esa en lo que quede de nuestra existencia. Cazaremos a escondidas, en medio de las ratas, y no en los harenes y veladas, como acostumbras- me recriminó. – No más harenes. Parece que hubieses echado por la borda toda tu formación de soldado y ahora parecieses un joven hijo de Califa.
Yo no le puse atención. Solo me parecía divertido. Mi silencio equivalía a un sí, de acuerdo, pero no por mucho tiempo, cuando menos lo esperes…

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MensajeTema: capt cuatro parte dos.   Sáb Nov 01, 2008 12:11 pm

Bebiendo Bagdad - parte dos

Decidí refugiarme en los escritos de álgebra del prestigioso, ingenioso y siempre divertido Al- Jwarismi . Tambien en la poesía de algunos sheicks y de Al Muqabala, el mejor poeta del Califato, a quien conocí una vez, y que con sus tristes versos me consolaba. Consolaba el hecho de que no podía aceptar aun lo que decía y lo que era. Lo que pensaba. Como era posible. Como era posible que la fe que tenía se desvaneciese en menos de 6 largos meses que habían pasado ya, siendo el bebedor de Bagdad, el que mataba harenes enteros y a sheicks ebrios, y a veces a mendigos. Y pensar en qué diablos hacía a la hora de arrodillarme, de orar a la Meca, hacer mis abluciones, sabiendo que ya, por ser lo que era, era un condenado. Por eso mi fe, precisamente era perderla. Disfrutar el lado oscuro que tanto evité, contra el que tanto luché, al que había caído desde que perdí mi última lagrima al matar a alguien con la espada. Me hastiaba, sentía sus voces, y por ello sabía cuál era el asunto. Matar sin sentirse culpable. Creer que esa voz que se iba lentamente de esa garganta tibia no valía la pena. Y así me contentaba.
Tomé un pedazo de papel y escribí en griego, el idioma de Khayman:
-“… Bebo porque todo he bebido. Mato porque todo he matado. He conocido la muerte en una joven rosa, en un anciano con días grises, y la muerte de una noche corta… por eso he sido un soldado, y ahora soy, como el Mektub, su propio hijo. Baila la muerte y el infierno como una sensual odalisca que jamás muestra su rostro en mi alma…”
Me quedé en silencio, recordando todo lo que había pasado. Como me había hecho pasar por comerciante, por joven adinerado, por mendigo, por el ifrit, por beduino. Había visto toda la humanidad entera. Khayman, ya acostumbrado a mi silencio, se acercó, y tomó la hoja. Sonrió levemente. Tomó mi rostro, y me robó un pequeño beso. Me abrazó. Me habló en susurros, como solía yo hacer con él. Palabras que no eran las típicas recriminaciones.
- ¿Porqué jamás supe que eras escritor, comandante?- me dijo acomodándome el turbante.
- No entiendo que quieres decir - le respondí mirando hacia la ventana, donde la luna caía sobre las casas ocre de la ciudad.
- Porque lo has dicho todo en 4 frases. Pero es más que eso. Se nota que estás cansado. Comprendo lo que hiciste allá donde Zaleyman. Buscas no hastiarte.
- ¿Estuviste leyendo los escritos de Al- Jwarismi?- bromeé. – Te volviste de repente inteligente.
-No. Solo que como compañero busco hacer de tu sufrimiento algo menos aplastante- sentenció.
Yo lo miré a los ojos. MI siempre paciente, abnegado, sarcástico y silencioso Khayman. Parecía un padre, más que un amante o un amigo. Tantos años buscando con quien hablar, y cuando por fin lo tengo, ya todo lo he dicho.
Yo le sonreí, y le di dos besos en las mejillas. Lo abracé fuertemente, refugiando en el mi tristeza, en esos antiguos brazos fuertes, que habían sufrido más que yo, en esos brazos calientes que fueron estrechándose sobre mi cuerpo. Sentí sus colmillos en mi cuello. Yo no titubeé en clavar los míos en su marfileña anatomía. Bebimos nuestra soledad mutua, nuestro sinsentido, nuestra tristeza, nuestras risas, nuestro hastío. Lo abracé con más fuerza. Me apartó suavemente. Me dio un beso de sangre, y yo le respondí de igual manera, accediendo a la debilidad que al verlo me atacaba, me invadía. Su eterna belleza era algo que mi corazón, herido en puñaladas de deseo, no podía explicarse.

-No sé qué hacer, Khayman. He matado a Bagdad. Maté harenes enteros, jugué con magistrados y mendigos, y he robado a comerciantes. Maté a la mujer del Califa- le dije con desolación. – He estado en tabernas, donde he engañado a soldados. Asusté al bazar entero.
El se quedó un rato en silencio, reflexionando.
-¿Porqué sigues temiéndote a ti mismo, Musharraf?- me preguntó el pacientemente. – No es diversión lo que buscas. Lo que buscas es deshacerte de algo que nunca fue tuyo.
Yo me senté en el tapete, en medio de los almohadones. Siempre tenía razón. Eso era lo que amaba y odiaba de él. Era mi padre, y yo era su hijo rebelde y maltratador.
Y como en toda discusión de padre e hijo, no temí responderle con la otra pregunta de oro.

-¿Porqué yo?- le dije con voz ahogada, escarbando dentro de sus azules ojos.
El no respondió.
Yo me llené de ira. De ira y dolorosa decepción, porque era la misma respuesta que yo buscaba. Solo que en este caso yo era el cadáver, yo era la rosa, yo era el anciano. Lo había descubierto en sus ojos. Lo descubrí en un momento de inspiración, de revelación.

-Creo saber porqué- le dije recordando todas las muertes que había y seguiría perpetrando. Sus ojos en mis ojos cuando yo morí. Los mismos ojos de mis víctimas. – Yo soy aquella muerte que quieres sentir pero que no has podido. Yo soy aquel experimento. Quieres un compañero para sentir repugnancia ajena y no por ti mismo. – le dije, golpeando una mesa, que hice trizas al instante.

El bajó los ojos. Tal vez esa era la explicación que él tampoco había encontrado. Tal vez eso era lo que hacía que me acompañara. Que vacilara cuando se trataba de actuar. Que él fuera mi compañero, mi creador hacia esa existencia que me mostraba que podía ser.

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MensajeTema: capítulo cuatro parte tres   Sáb Nov 01, 2008 12:11 pm

Bebiendo Bagdad- parte tres


Sus ojos, lentamente, fueron llenándose de lágrimas. Le dolía tanto como a mí. La sangre que bajaba de sus ojos partía sus mejillas abundantemente. Tapó su rostro con una mano. Lo dejé llorar en silencio. Ordené a uno de los pocos esclavos nubios de la casa que me trajese un recipiente con agua. Lo abracé y con un pequeño pañuelo de lino, suavemente, aparté sus manos y limpié las lágrimas de su rostro.

- Yo no soy un buen maestro para ti, Musharraf. Solo te supero en más de 3000 años de antigüedad, pero te aseguro que no sé cómo enseñarte nada- sollozó. – Te creé porque te amé desde que te vi vagando en Basora. Te amé por tu espíritu.
YO no le respondí nada.
-He aquí lo que haremos- le dije al fin, susurrando cerca de su cara. – Te mostraré lo que puedo hacer aquí y tu nunca has hecho. Una última cosa. La más espectacular de todas. Y luego, luego nos iremos de Bagdad. Luego será tu turno, Khayman, hermoso como la luna del Ramadán. Me llevarás por Occidente. Me dirás quien soy y de dónde venimos. Me lo dirás todo, así como yo te he mostrado el alma de un condenado por Mahoma y su imperio. Me enseñarás las iglesias de aquellos que maté alguna vez. Me enseñarás porqué adoran una cruz y porqué adoran al Hijo de María mas que a sí mismos. Me mostrarás lo que hacen los Bizantinos. Me mostrarás el mundo más allá de Roncesvalles.
El no respondió.
-No tengo intenciones de dejarte. No porque todavía te necesite, mi amado sadiki. Sino porque eres lo único que tengo en el mundo- le dije levantándome.
El hizo lo mismo, y me abrazó con todas sus fuerzas.
-Eres más sabio que yo, Musharraf. Que nunca se te olvide- sentenció.
Creo que se equivocó en la mayoría de las cosas que hice hasta hoy, pero en otras acertó bastante.
Le conseguí las mejores ropas que pude encontrar en el mercado central de la ciudad. YO mismo lo arrastré por los lugares donde los hombres se reunían a conversar y fumar narguile, para hablar de Harun al – Rashid, sus políticas, sus polémicas decisiones… sobre mí, por supuesto. Muchos no creían que fuese verdad lo de la favorita del Califa, muchos creían que ella misma en su maldad y locura había asesinado a sus propios hijos. Lo del ifrit era una invención.
-Bah, - dijo un hombre maduro, con ropas humildes y de expresión desdeñosa.- Pues espero encontrármelo en los jardines del Califa para darle una buena estocada. Si no, les daré una estocada a ustedes por lenguaraces.
-Pues ten suerte, Faruq- se burló un anciano desdentado. – Como jardinero tal vez te encuentres hasta con los decapitados que Harun y su loca y difunta esposa ocultaron por el camino.
-Apuesto 50 denarios a que no sucederá, tontos. El Califa estará ahí, y todo estará lleno de guardias. Siempre va cada noche.
Yo sonreí, y miré a Khayman pícaramente. El suspiró, resignado.
-Oh, vamos- le susurré. – Hagamos perder al viejo Faruq su apuesta. Asustemos al Califa un rato.
-No entiendo para qué lo haces- me replicó el pacientemente.
-Me dijiste que me deshiciera de mí, de lo que me lastimaba. Y mi lealtad hacia el que me traicionó es la primera de ellas.- le repliqué suavemente.
-Vamos, no justifiques tus ganas de placer por matar y de hacer otra tontería con esto…
-Está bien, iré porque me viene en gana…- le dije haciendo con la mano un gesto de vaga importancia.
Nos fuimos hacia la orilla del Tigris a toda velocidad. Vimos la gran galera del Califa Harun al – Rashid, Emir de los Creyentes, acercarse hacia los jardines. Navegaba majestuosa en el río, con dos barcas escolta. No lo pensé y salte sigilosamente a la galera. Khayman me siguió. Maté, hábil y certeramente a todos los guardias de popa. Khayman se vio obligado a hacerlo con los de proa. Ni una mosca. Ahí comprendí que Khayman tampoco había olvidado su pasado militar. Entramos, sin causar ningún ruido, a las habitaciones privadas del Califa.
“Silencio”, ordené. Y como reza el dicho, cría fama y échate a dormir. Había 5 muchachas, elegantemente vestidas, llenas de joyas. Pase entre ellas como un espectro. Tomé a la primera. La besé. La abracé, mientras las otras me rodeaban y me desvestían. Invité a Khayman a pasar. Ellas hicieron lo mismo con él. Yo abracé a dos, mientras las besaba, lleno de deseo por sus cuerpos y su sangre, en sus pechos. Besé a una morena, tal vez etíope, a la que tomé a través de sus labios, hasta que murió, y se desplomó suavemente sobre la almohada. La otra me sonrió, y la tomé directamente del cuello, mientras la abrazaba con todas mis fuerzas. Ya había jugado bastante con las dos. Vi a Khayman enloquecerlas tanto como yo, recorriendo sus hermosos cuerpos con su boca, hasta tomar sus vidas dentro de los almohadones. Solo quedaba una, que estaba inmóvil, sumisa. Cabello negro, piel blanca, ojos azules. Era bellísima. Miré a Khayman bastante rato.
-Ah no. No quiero más inmortales- gruñó cruzado de brazos. Ella sería un problema.
Yo la besé, y la maté al instante, resignado. Me hubiese gustado mucho compartir nuestra vida con ellas, pero no quería hacer a mi compañero infeliz, cuando le había obligado a venir hasta aquí.
Las dejamos en una posición bellamente orquestada, de tal modo que parecía que dormían. Apenas el Califa bajó, ya ebrio, con sus guardas, a tierra, nosotros entramos con él a sus bellos jardines. Los esclavos, entre ellos los músicos, y algunos sheicks y visires ya lo esperaban a la entrada. Comenzó a sonar el laúd, y los poetas le acompañaron con su declamar. Las bailarinas ulularon (a esto le llamamos sagari, desde El Cairo hasta Dubái), y entraron bailando cubiertas por delicados velos. Khayman y yo nos colamos, y disfrutamos del espectáculo. Cuando estas se sentaron con nosotros, procedí a besarlas, y a repetir el mismo procedimiento, pero no a matarlas. El Califa nos habló animadamente. Un tipo un poco rechoncho ebrio de vino (aunque en nuestras leyes estuviese prohibido), que sin embargo escuchaba respetuosamente a sus interlocutores.
-Pareces muerto, joven- se atrevió a decirme, risueño. – Qué pálido te ves. Como todo un infiel.
Los visires se rieron con el. Yo también. Khayman me miró temeroso. Creía que iba a matarlo. Yo sonreí.
-¿Te acuerdas de un traidor que sigas odiando, oh majestad?- le susurré seductoramente. Este me miró trémulo.
- Amina… la pobre y difunta sultana… dice él con tristeza incontenible. –Esa mujer loca, dijo haber sido poseída por un ifrit… el espíritu de ese traidor Musharraf Alami, que Allah lo condene…- dijo ya embebido, mientras tomaba la narguile y la aspiraba con gran necesidad.
-Emir de los Creyentes… ella te dijo la verdad…- le susurré con el gran placer que me producía ahora el patetismo de la condición humana.
-Porque dices eso… muchacho...- me dijo el sin mirarme.
-Mira en tu galera y verás a todas tus esclavas muertas por mi mano…
El me miró con sus oscuros ojos llenos de terror y sobresalto.
-Estarás bromeando, otro de esos comentarios y te mandaré a crucificar…- dijo, comiendo dos dátiles de inmediato.
-Yo soy aquel traidor que mandaste a matar hace seis años en el desierto… Emir de los Creyentes… soy Sadiq el Ifrit, en otra vida conocido como Musharraf Alami…
-No juegues con eso, simple esclavo…- me dice el lleno de furia.
Yo tomo su cuello y clavo mis colmillos rápidamente en el, tomando solo un poco de su sangre. Lo dejo aturdido, mientras mando a volar a los guardias.
-¡Khayman! ¡Vámonos!
Este, que también ha matado a varios guardias, se va conmigo por el techo del jardín. Yo me cruzo con el jardinero, que me mira aterrorizado. Yo vengo amenazante, mientras él me lanza condenas en nombre de Allah.
-Perdiste…- le susurro, mientras le tiro 50 denarios. Luego desaparecemos.
Mato al primer guarda que se me cruza en el camino, y me quedo con su cuerpo, para desagrado de Khayman, que no sabe lo que haré. Entro a una mezquita. Ya no me arrodillo. Tiro el cadáver, y lo desangro. Unto las paredes con sangre. Destrozo el lugar, a fin de cuentas.
-¿Por qué?- es lo único que me pregunta Khayman, al ver toda esa estúpida destrucción. Me miraba decepcionado, y con un poco de temor. Porque tal vez cuando yo obtuviese más poder sería más destructivo. Y no tendría buen final…
-He destruido todo lo que me ataba a mi vida mortal, Khayman. Esto era lo que necesitaba….
-Te engañas- me responde el cortante. – Puede que así sea, mi amado Musharraf, pero aún te faltará mucho tiempo, mucho, muchísimo, para curar tus heridas. Esto será algo momentáneo, pero los inocentes no merecen sufrir por nuestras penas.
-Entonces no existiríamos, Khayman. Soy un demonio, por Allah. Déjame actuar como tal- le digo sin comprender su sereno razonamiento.
-¿Y cuando te canses de mi mundo, o te decepciones, Khayman, harás lo mismo?- me pregunta el cruzado de brazos, como si fuese una esposa regañadora.
Yo no supe que contestarle.
-Quiero irme, Khayman. Quiero irme más allá de Bagdad y de la tierra que me execra. Quiero saber qué diablos se siente el frío. Quiero irme. Y por eso tenía que probarme a mí mismo. Tenía que destruir a lo que siempre respeté. O de lo contrario vería lo que tienes que enseñarme con otros ojos.
En una palabra, le decía que quería seguir otro camino, no importaba lo que me costase.
Khayman suspira. Había visto a muchos como el consumirse por el asco que les había causado irse por el camino equivocado. O morir bajo vampiros más poderosos. Los insolentes morían d manera estúpida. O a veces no, pero pagaban con creces y dolor su atrevimiento. Yo pertenecía al segundo grupo.

-Dame una semana- me dice levantándose. – Nos iremos hacia Basora. De Basora a Constantinopla. De ahí a Roma, y de ahí a París. Dame una semana, pero no hagas mas tonterías, te lo ruego – me dijo, como si yo estuviese haciendo extermino sistemático. Lo hacía, pero solo con los vestigios de mi pasado. Era muy frívolo por haber pensado eso, pero en realidad quería probar lo que se sentía luchar al lado de la maldad. Tal vez eran tonterías poéticas mías, tal vez no, nunca lo sabré. Lo que si sabía en ese momento era que tenía ganas de probar mi poder peligrosamente, egoístamente. A Khayman esto le dolía con el corazón, pero no podía dejarme a mi suerte. Y yo, aunque no lo admitiese, lo necesitaba para no peligrar, lo necesitaba para que acariciara mi rostro en el alba, para que me abrazase y siguiese siendo mi padre, mi amigo, mi amante.

Ya habíamos bebido Bagdad. Ya sus almenaras estaban repletas de su sangre y de nuestros odios. Era hora de irnos, irnos hacia el mundo cristiano que también nos odiaba y que yo apenas conocía de nombre. Era hora de seguir otro camino más allá de Allah.
El lo supo, cuando me miró tristemente, y suspiró de nuevo mirando las luces de la ciudad, y el reflejo de la luna en el Tigris. Mi descubrimiento nos traería más confusión y sufrimiento que alegría y sabiduría. Yo había salido de su control. Me había perdido. Ahora yo era su titiritero. Lo supo cuando puse mi mano en su hombro y acaricié su cabeza.

“Gracias”
Seguí susurrando en griego, suave y dulcemente en sus hombros. MI camino era el primero de sus caprichos. Así su alma muriese. Asi su amor por mi comenzase a morir desde aquella noche. Pero era débil. El amor nos hace unos pobres des válidos frente a ese ifrit que tiene al mundo en su mano. Solo tomó mi mano, y con un beso selló su sufrida y detestada esclavitud hacia mí. Aunque el quisiese seguir bebiendo a Bagdad.
(El úd sigue llorando, mientras Haifa rasga sus cuerdas. Musharraf mira al Nilo y se da cuenta por su reflejo que ya había llegado la aurora…)

CONTINUARÁ…
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